Varada

Lunes, diciembre 21, 2009 23:58
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Varada
Si los de “Perdidos” no pueden salir de la isla, yo no soy menos.
Tras el intento frustrado del viernes desde Gatwick, me compré un billete de British Airways para un vuelo que salía desde el London City Airport. Primero, porque confío más en BA que en EasyJet y esta vez había plazas suficientes como para elegir, y segundo porque, aparte de ser el LCY mi aeropuerto londinense favorito (más cercano a mi casa, Internet gratis, tiempos de espera ínfimos debido a su tamaño, etc), era también el menos azotado por el temporal.
A las siete menos cinco de hoy, salté entre la gente para llegar al puesto de “auto check-in”. Ni se veían entre el gentío. A las siete de la mañana, estaba en la cola de facturación. A las ocho menos cuarto, seguía allí. Eso no es normal en LCY. Por no mencionar las divertidas colas de Air France que colapsaban todo el recibidor.
Estaba habiendo extraños problemas con el vuelo de las 8:10 destino Frankfurt. Una cosa es que un vuelo se retrase cuando uno está esperando para embarcar y otra cosa muy distinta es, que esté habiendo un jaleo tal en el aeropuerto, que permitan facturar 25 minutos (!) antes de la salida del vuelo.
Por si fuera poco, la cinta transportadora se había averiado, por lo que las maletas que ya estaban en ella tuvieron que ser despejadas por oompa-loompas y los siguientes pasajeros tuvieron que llevarlas ellos mismos desde el mostrador hasta una “puerta secreta”.
No sé más porque, para cuando llegó mi turno, el funcionamiento de la cinta se había restablecido. Y tardó en tocarme bastante, porque la reserva de la chica que tenía delante (que también iba a Frankfurt) estaba dando problemas informáticos místicos. Su reserva se hallaba en ese estado cuántico de aceptación/cancelación simultánea, que a su vez había generado uno de facturación/no facturación.
Cuando por fin me dejaron facturar a mí y, una vez hube superado la zona de seguridad, me dediqué a pulular por Internet. Habría hecho algo más productivo de haber sabido que iba a pasar toda la mañana en la sala de espera (para luego no irme a ninguna parte). Habría dejado de estar pendiente de los monitores pudiendo dedicarme a tareas absorbentes de ésas que te hacen perder vuelos por distraerte demasiado.
Fui <em>twitteando</em> mi situación en tiempo real, excepto el anuncio del embarque, no estaba la cosa como para perder tiempo en tonterías. Llegamos al cubículo 2c y nos tuvieron esperando alrededor de una hora. Había un problema de sobrepeso y, al parecer, no sabían cómo decírnoslo. O quisieron primero intentar arreglarlo inventando un reductor de peso <em>ad hoc</em> y, claro, no fueron capaces.
Allí estaba otra vez la paciente Pat. La empleada de BA que había bregado con los problemas del vuelo de Frankfurt, los de la cinta transportadora, los humos de algunos en la clase <em>business</em>… Y ahora nuestro vuelo maldito. “A mí tampoco me gusta estar aquí. Hace veinte minutos que terminó mi jornada”. ¡Oh, veinte minutos! Esa mujer en España no tendría futuro como informática. Aun así, me había caído bien Pat. Pobre Pat.
Necesitaban siete voluntarios para que el avión pudiera despegar con seguridad bajo las condiciones actuales de la pista. “El mínimo es tres, pero lo ideal es a partir de siete”. ¿Qué querían decir con “el mínimo”? Lo verdaderamente “ideal” es que los únicos riesgos de viajar provengan de factores externos como el tiempo, no que las compañías estén dispuestas a volar con unas condiciones insuficientes sólo porque la gente las presiona.
BA iba a devolver el dinero de la comida en el aeropuerto que todos nosotros nos habíamos visto obligados a hacer. Pero ahora, además, ofrecía 250 euros (más hotel, más cena, más desayuno, más traslado aeropuerto-hotel y hotel-aeropuerto) a aquellas personas a las que no les importara retrasar su vuelo unas horas más para que el resto pudiera despegar de forma completamente segura. Las gestiones del cambio de billete también las llevaba BA, como es obvio.
Sopesé los pros y los contras. Como no había gente suficiente para pasar del “mínimo” al “ideal”, me ofrecí voluntaria. Me negaba a servir de experimento a la física de partículas. Me negaba a jugármela por llegar unas horas antes. Además, que nos proporcionaran un hotel al lado del aeropuerto, me pertiría descansar y llegar a Madrid en un estado normal, como debería haber sido desde un principio.
Cuando llegué a la habitación del hotel, vi por la ventana que empezaba a nevar. Mientras confirmaba que en este hotel no hay wi-fi aunque en recepción piensen lo contrario, empezó a nevar con una profusión preocupante. Ya había leído en el #uksnow de Twitter comentarios como que Reino Unido se había convertido en Hoth.
Desde esta habitación, se ven las pistas del aeropuerto. Se empezaron a poner blancas. No me hacía ninguna gracia quedarme aquí otra vez. La incertidumbre me da dolor de cabeza cuando tengo tanto que hacer.
Después de una muy merecida siesta tras 15 horas levantada, bajé a cenar. Las cancelaciones deben de ser frecuentes, porque incluso tienen impreso un menú especial para pasajeros en estas condiciones (y, por supuesto, no mola tanto como el normal) equivalente a un “20 pound allowance”.
Dentro de siete horas y media bajaré a desayunar. Esto, que parece una tontería, no lo es: el chófer viene a recogernos a las ocho y media de la mañana. El avión sale a las 9:45h. A ninguno nos salen las cuentas, por muy cerca que estemos del LCY. A no ser que haya un servicio de facturación y embarque especial para nosotros.
En fin, lo único que sé es que ya he descansado de la paliza de hoy, que esta noche voy a dormir un número de horas razonable y que no me voy a desgastar viajando mañana (por lo dicho en el párrafo anterior). Así que, aunque he perdido medio día de estar en Madrid, no he perdido un día en general, como me pasó el viernes.
Escuchando: el ruido del ventilador del portátil y el murmullo de la calefacción. Pero, si pudiera, estaría escuchando Hooverphonic.

Si los de “Perdidos” no pueden salir de la isla, yo no soy menos.

Tras el intento frustrado del viernes desde Gatwick, me compré un billete de British Airways para un vuelo que salía desde el London City Airport. Primero, porque confío más en BA que en EasyJet y esta vez había plazas suficientes como para elegir, y segundo porque, aparte de ser el LCY mi aeropuerto londinense favorito (más cercano a mi casa, Internet gratis, tiempos de espera ínfimos debido a su tamaño, etc), era también el menos azotado por el temporal.

A las siete menos cinco de hoy, salté entre la gente para llegar a uno de los puestos de “auto check-in”. Ni se veían entre el gentío. A las siete de la mañana, estaba en la cola de facturación. A las ocho menos cuarto, seguía allí. Eso no es normal en LCY. Por no mencionar las divertidas colas de Air France que colapsaban todo el recibidor.

Estaba habiendo extraños problemas con el vuelo de las 8:10 destino Frankfurt. Una cosa es que un vuelo se retrase cuando uno está esperando para embarcar y otra cosa muy distinta es, que esté habiendo un jaleo tal en el aeropuerto, que permitan facturar veinticinco minutos (!) antes de la salida del vuelo.

Por si fuera poco, la cinta transportadora se había averiado, por lo que las maletas que ya estaban en ella tuvieron que ser despejadas por oompa-loompas y los siguientes pasajeros tuvieron que llevarlas ellos mismos desde el mostrador hasta una “puerta secreta”.

No sé más porque, para cuando llegó mi turno, el funcionamiento de la cinta se había restablecido. Y tardó bastante  en tocarme, porque la reserva de la chica que tenía delante (que también iba a Frankfurt) estaba dando problemas informáticos místicos. Su reserva se hallaba en ese estado cuántico de aceptación/cancelación simultánea, que a su vez había generado uno de facturación/no facturación.

Cuando por fin me dejaron facturar a mí y, una vez hube superado la zona de seguridad, me dediqué a pulular por Internet. Habría hecho algo más productivo de haber sabido que iba a pasar toda la mañana en la sala de espera (para luego no irme a ninguna parte). Habría dejado de estar pendiente de los monitores pudiendo dedicarme a tareas absorbentes de ésas que te hacen perder vuelos por distraerte demasiado.

Fui twitteando mi situación en tiempo real (en resumen: el problema del retraso estaba en el cierre de Barajas, no podíamos salir si en nuestro destino no se podía aterrizar) excepto el anuncio del embarque, que no estaba la cosa como para perder tiempo en tonterías.

Llegamos al cubículo 2C y, en vez de conducirnos al avión, allí nos tuvieron esperando alrededor de una hora. Había un problema de sobrepeso y, al parecer, no sabían cómo decírnoslo. O quisieron primero intentar arreglarlo inventando un reductor de peso ad hoc y, claro, no fueron capaces.

Allí estaba otra vez la paciente Pat. La empleada de BA que había bregado con los problemas del vuelo de Frankfurt, los de la cinta transportadora, los humos de algunos en la clase business… Y ahora nuestro vuelo maldito. “A mí tampoco me gusta estar aquí. Hace veinte minutos que terminó mi jornada”. ¡Oh, veinte minutos! Esa mujer en España no tendría futuro como informática. Aun así, me había caído bien Pat. Pobre Pat.

Necesitaban siete voluntarios para que el avión pudiera despegar con seguridad bajo las condiciones actuales de la pista. “El mínimo es tres, pero lo ideal es a partir de siete”. ¿Qué querían decir con “el mínimo”? Lo verdaderamente “ideal” es que los únicos riesgos de viajar provengan de factores externos como el tiempo, no que las compañías estén dispuestas a volar con unas condiciones insuficientes sólo porque la gente las presiona.

BA iba a devolver el dinero de la comida en el aeropuerto que todos nosotros nos habíamos visto obligados a gastar. Pero ahora, además, ofrecía 250 euros (más hotel, más cena, más desayuno, más traslado aeropuerto-hotel y hotel-aeropuerto) a aquellas personas a las que no les importara retrasar su vuelo unas horas más para que el resto pudiera despegar de forma completamente segura. Las gestiones del cambio de billete también las llevaba BA, como es evidente.

Sopesé los pros y los contras. Como no había gente suficiente para pasar del “mínimo” al “ideal”, me ofrecí voluntaria. Me negaba a servir de experimento a la física de partículas (es un decir). Me negaba a jugármela por llegar unas horas antes. Además, que nos proporcionaran un hotel al lado del aeropuerto, me pertiría descansar y llegar a Madrid en un estado normal, como debería haber sido desde un principio.

Cuando llegué a la habitación del hotel, vi por la ventana que empezaba a nevar. Mientras confirmaba que en este hotel no hay wi-fi aunque en recepción piensen lo contrario, empezó a nevar con una profusión preocupante. Ya había leído en el #uksnow de Twitter comentarios como que Reino Unido se había convertido en Hoth.

Desde esta habitación, se ven las pistas del aeropuerto. Se empezaron a poner blancas. No me hacía ninguna gracia quedarme aquí otra vez. La incertidumbre me da dolor de cabeza cuando tengo tanto que hacer.

Después de una muy merecida siesta tras quince horas levantada, bajé a cenar. Las cancelaciones deben de ser frecuentes, porque incluso tienen impreso un menú especial para pasajeros en estas condiciones (y, por supuesto, no mola tanto como el normal) equivalente a un “20-pound allowance”.

Dentro de siete horas y media bajaré a desayunar. Esto, que parece una tontería, no lo es: el chófer viene a recogernos a las ocho y media de la mañana. El avión sale a las 9:45h. A ninguno nos salen las cuentas, por muy cerca que estemos del LCY. A no ser que haya un servicio de facturación y embarque especial para nosotros.

En fin, lo único que sé es que ya he descansado de la paliza de hoy, que esta noche voy a dormir un número de horas razonable y que no me voy a desgastar mucho viajando mañana (por lo dicho en el párrafo anterior). Así que, aunque he perdido medio día de estar en Madrid, no he perdido un día en general, como me pasó el viernes.

Escuchando: el ruido del ventilador del portátil y el murmullo de la calefacción. Pero, si pudiera, estaría escuchando Hooverphonic.

PS: Casi me olvido de lo mejor. Esperando para salir hoy (y ahora alojada en mi mismo hotel), había una pareja que ya tuvo problemas en King’s Cross – St. Pancras el pasado viernes por lo del Eurostar. El de mañana es su cuarto intento de salir de Reino Unido. Cogeremos el mismo vuelo, así que espero que a su cuarta sea la vencida.

Escuchando: Human Interest – Hooverphonic.

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3 comentarios a “Varada”

  1. Martes, 01:13, 22/12/09

    Zaratustra ha comentado: