Volveremos a encontrarnos
Martes, Abril 21, 2009 1:52El sábado me tocaba ir al hospital, lo cual habÃÂa forzado una cancelación del ensayo que tenÃÂamos programado. Pero mi diagnóstico pasó a un segundo plano cuando mi tÃÂa me informó de que mi abuela materna iba a llegar en una hora desde su residencia a ese mismo hospital. Le iban a dar la Extremaunción a las cuatro.
Mi madre y yo la visitamos a mediodÃÂa.
Qué frágil parecÃÂa, tan menuda, allàtendida con el fino cabello corto y blanco (siempre lo habÃÂa llevado largo y rubio, hasta que dejó de poder peinarse con su elegante moño de espÃÂa de los años 50), esa piel tan suave y la increÃÂble tersura de sus mejillas, los ojos cerrados con una expresión tranquila gracias a la morfina y con un muñequito de trapo apretado en la mano.
HacÃÂa demasiado tiempo que no la veÃÂa…
Me costaba mucha fuerza de voluntad ir a verla. La última vez, no habÃÂa podido evitar romper a llorar justo antes de irme, y no querÃÂa que ella lo viera. Lloraba porque no era capaz de comprender cómo puede existir tal injusticia y dolor, esa condición especial impuesta. Me sentÃÂa impotente, y no querÃÂa que ella se diera cuenta. No querÃÂa que pensara que la compadecÃÂa, porque no era cierto. La realidad es que estaba muy enfadada con su dios “el justo, bondadoso y todopoderoso” (si existÃÂa) y eso tampoco era algo que le pudiera contar.
Su cuerpo no respondÃÂa (ni siquiera era capaz de abrir los ojos ella sola), mientras su mente permanecÃÂa lúcida. Alguna gente dudaba de su capacidad de percepción debido a su estado, pero yo sé que ella se daba cuenta de todas las cosas: hacÃÂa algún gesto con la cara, levantaba temblorosamente el dedo ÃÂndice, cerraba el puño, hacÃÂa fuerza intentando levantar los párpados, gemÃÂa con distintas entonaciones…
Una rara enfermedad que afectaba a una persona entre cien mil. Era una gran injusticia. Mi abuela fue una buena persona dedicada a ayudar al prójimo. Pizpireta, inteligente (a los ocho años la sacaron del colegio para ir a cuidar cabras y, más adelante, aprendió a leer y a escribir por su cuenta), trabajadora y  con mucho espÃÂritu de sacrificio.
Su mayor aspiración en la vida, aparte de hacer felices a los demás, era aprender.  Aprender sobre todo lo relacionado con lo académico, los descubrimientos y los inventos. Le gustaba que sus hijos y, años después, yo, le recitáramos lecciones de Lengua, Literatura, Historia, FilosofÃÂa, Ciencias… Y que respondiéramos a las preguntas que le surgÃÂan. A través de esas preguntas te dabas cuenta de que, pese a que era una mujer sin estudios, realmente entendÃÂa lo que le habÃÂas explicado.
Hablaba con mucha propiedad, dominaba el castellano y acudÃÂa al diccionario siempre que tenÃÂa alguna duda (al igual que mi abuelo). Para màera admirable y un modelo a seguir en ése y en muchos otros aspectos.
¿Cómo a una persona tan independiente se le puede quitar el derecho de la movilidad? ¿Cómo a una persona tan activa se le puede vetar el uso de los ojos y los brazos? ¿Cómo a una persona con tanto afán de conocimiento se le puede negar incluso el habla para debatir? Impedida durante años y con problemas de salud añadidos, como los ahogamientos que la llevaron al hospital el pasado sábado. ¿Qué sentido tiene postergar una muerte para no vivir, sólo agonizar? Asàes muy difÃÂcil creer en la mayorÃÂa de los dioses.
La vida no es asÃÂ.
El domingo por la noche me desperté a las cuatro y media de la mañana. Me disponÃÂa a escribir una entrada relacionada con esto pero, no mucho después, recibÃÂamos una llamada informándonos de que mi abuela, finalmente, estaba a punto de morir. Asàque me vestày salàhacia el hospital.
El parte de defunción indicaba las seis de la mañana. Para màfue un privilegio poder pasar un rato a solas con ella, sin nadie más, lejos de los formalismos del velatorio. Le acaricié la mejilla izquierda y el pelo. Y lloré mucho echándola de menos ya para siempre, pero aliviada porque su sufrimiento se habÃÂa terminado y porque, si existÃÂa un Cielo, ella estarÃÂa allÃÂ. ¿EstarÃÂa ella viéndome desde otro plano de existencia? Miré en derredor esperando alguna señal.
La pequeña Dhaunae creyente les habÃÂa dicho a sus abuelos que se comunicaran con ella cuando estuvieran al otro lado (no fue una falta de tacto infantil, yo sabÃÂa que ellos no temÃÂan a la muerte). Actualmente, soy agnóstica, ya no estoy convencida de que exista un “otro lado”. Si lo hay, no deben de poder contactar conmigo. O igual esperan a que crea por màmisma.
Recordé con mucha precisión y en unos minutos el “xunto a aquel castiñeiriño” que cantaban mis abuelos y todas las otras cosas que habÃÂa vivido con ellos. Por lo menos, esperaba que estuvieran juntos. Y dejé de sollozar.
Dejo a un lado mis impresiones sobre los eventos acaecidos en el tanatorio de la M-30 y sobre lo difÃÂcil que pone el Estado a la gente el hecho de morirse. Mañana es la misa a las doce. Y, a continuación, el entierro. Por eso estoy en Zamora, porque van a enterrar a mi abuela al lado de mi abuelo en el pueblo de Aliste (sÃÂ, esto tiene que ver con MdT).
Hoy especialmente me gustarÃÂa que fuera verdad que hay algo bonito después de la muerte y que existe la posibilidad de volver a ver a las personas que más quieres.
PS: Si alguien, viendo que he deshabilitado los comentarios en esta entrada, tiene pensado escribirme un correo-e para darme el pésame, que se abstenga. No es que me moleste, pero es una costumbre que no entiendo, no la comparto, no es mÃÂa. Si, aun asÃÂ, os empeñáis en escribirme, que sea para bromear con que no me debe de haber sido muy difÃÂcil encontrar qué ropa ponerme, o similar.
Escuchando: el disco nuevo de Röyksopp.
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