Pesadilla en el templo
Lunes, Marzo 9, 2009 21:35Llegamos caminando a la entrada de San Román por la carretera, a la sombra de la densa vegetación que la flanquea. No hay tráfico de vehículos, personas ni animales. Es bastante habitual. Pero a la altura de la curva, en el lado opuesto del palomar, hay unas ruinas griegas donde solía haber un atajo con mucha pendiente, entre la parte trasera del edificio del ayuntamiento y un huerto cercado con un muro de piedra.
Se lo indico a mi madre, que me ha sacado ventaja mientras yo me distraía y no parece haberse fijado en este nuevo elemento del pueblo. Pero tiene prisa, está cansada y no quiere pararse. Qué pena, con lo interesante que sería explorarlas… Las columnas de la parte posterior, coincidiendo con la parte más alta de la cuesta, están enterradas hasta el capitel. Las ruinas, que parecen de un templo, están bien conservadas.
Camino unos metros más sin apartar la mirada de ellas y descubro, entre los estereóbatos del frente, un riachuelo que se oculta en el subsuelo. Parece una corriente subterránea que justo brota a la altura de los capiteles de las columnas del fondo y baja por la empinada superficie, recorriendo longitudinalmente el interior del templo. Es tan bonito que vuelvo a llamar a mi madre para que no se lo pierda.
Por fin, me hace caso. Se resigna a darse la vuelta y asomarse un momento. Yo ya estoy dentro del edificio. Cuando ella llega a mi altura, percibimos que el caudal del reguero aumenta notablemente, hasta el punto de que tendríamos que apartarnos para no mojarnos. Yo no lo hago. No me importa mojarme los pies con esa agua tan cristalina y en ese entorno tan bonito.
Notamos otro aumento en el flujo de la corriente. Éste ya empieza a ser preocupante. Veo que mi madre no ha podido evitar el agua. No hay lugar por dónde pisar en el uno no se moje hasta las rodillas. Centro la vista en el origen del río, para intentar averiguar a qué se deben estos cambios, pero lo único que consigo ver es una tromba de agua que se echa sobre nosotras.
Nos mantenemos a flote a la altura de los arquitrabes. Por algún motivo, el líquido no se desagua entre las columnas. Es como si el templo hubiera sido cerrado con paredes en un abrir y cerrar de ojos. El nivel del agua asciende a un ritmo vertiginoso ahora que no tiene por dónde escapar.
El edificio es más alto por dentro de lo que me había parecido desde fuera y de lo que sería normal en un templo griego. Hay ojos de buey en la paredes todo en derredor pero, cada vez que alcanzamos alguno, éste se ha cerrado tanto que ya no podemos pasar.
Un poco más arriba, hay aberturas cuadradas que se cierran con el mismo sistema de piedras corridas que los ojos de buey. Empezamos a estar agotadas y, aunque estos orificios son más grandes, nunca llegamos a tiempo.
En el siguiente nivel, vuelve a haber ojos de buey en las paredes de piedra. Esta vez, estoy más atenta y me da tiempo a llegar a uno de ellos, pero entonces tendría que dejar atrás a mi madre, así que decido buscar otra salida.
Las aberturas circulares que vemos ahora no se cierran. Son anillos que parecen flotar, verticales, mientras giran sobre un eje perpendicular a las paredes del templo. Podríamos agarrarnos a ellos, antes que morir ahogadas por la extenuación. Sí, intentaríamos aferrarnos para evitar ser succionadas por la corriente de nuevo hacia el interior del templo.
Finalmente, y tras muchos esfuerzos, conseguimos ejecutar el plan. Mi madre ha sido capaz de agazaparse entre el pequeño espacio que dejan dos de los anillos. Uno de ellos es el mío. Me sujeto a él y no tardo en sentir náuseas. El radio de giro es muy pequeño como para que no me afecte demasiado físicamente. Me mareo.
Me planteo otras alternativas. El nivel del agua en el interior del templo ha alcanzado niveles tan altos que sería muy arriesgado intentar volver a la superficie, por no mencionar que en algún momento habrá un techo y la situación dejará de poder solucionarse nadando por mucha resistencia y empeño que se ponga.
Me mareo. Pierdo el conocimiento. Lo último que pienso es que no debo soltarme pero que, seguramente, ya lo he hecho.
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