Leer en contexto

Leyendo un artículo de Pérez Reverte me entero de que han sacado unas ediciones “corregidas” de Huckleberry Finn y de Tom Sawyer. En ellas parece ser que se elimina todo lo que pueda ser políticamente incorrecto para no herir sensibilidades, principalmente la palabra nigger (negrata) que debía de ser de uso corriente por aquel entonces. Al enterarme de esta soberana estupidez no puedo evitar acordarme de cuando la ya ex-ministra del extinto Ministerio de Igualdad soltó aquello de que los cuentos infantiles eran machistas y malos para los niños, proponiendo de paso una reescritura de todos de ellos en pro de una educación mucho más sana para los críos (sobre eso también dejó un artículo Pérez Reverte, mucho más ácido y divertido que el anterior). Y ante este aluvión de idiotez editorial sólo puedo preguntarme si sabemos leer en contexto.

 

Hay una cierta serie de cosas que me suelen llamar la atención cuando alguien habla de un libro o un autor, una de ellas es cuando se habla de la opinión por la persona del autor, no de su labor como creador sino su vida particular. Es asombroso cuantísima gente asimila la opinión de los personajes escritos con la de su artífice. Vale, es cierto que el escritor se arriesga a ello cuando pone según qué palabras en la boca de uno de sus personajes, pero ¿en serio es tan difícil distinguir entre lo que dice alguien ficticio y lo que opina alguien real? Habitualmente suelen coincidir, pero escribir siempre personajes con los que estás totalmente de acuerdo es algo treméndamente aburrido.

Si ya no hablamos de la asimilación entre el caracter de creador y creador sino que pasamos al terreno general de las obras que fueron escritas hace años, décadas o siglos, cuando el régimen moral y las ideas sobre igualdad y derechos sociales eran muy distintas a las que disfrutamos ahora el impacto en el lector (el mal lector, más bien) es ya asombroso.

Pondré un ejemplo. He oído en varias ocasiones a diversas gente tildar Las Mil y Una Noches de ser una obra machista, retrógrada y horrible que humillaba a las mujeres y que debería ser reescrita de cabo a rabo para eliminar todo rastro de tales hechos. Y es cierto, si lees por encima Las Mil y Una Noches es una obra llena de personajes que tratan a las mujeres como poco más que objetos, amén de hacer cientos de otras horribles barbaridades como tener esclavos, castrar a gente o llevar a cabo todo tipo de venganzas y ejecuciones espantosas. Se supone que la obra original (antes de tanta reescritura, re-recopilación y demás) fue escrita alrededor de finales del Siglo IX, puede que incluso antes. Por aquél entonces esas barrabasadas estaban a la orden del día y estaban socialmente aceptadas en toda tierra conocida (y también en la que no). Y, tristemente, para un sector de la población islámica las mujeres siguen, a día de hoy, siendo poco más que un objeto. ¿Tenemos derecho a borrar los rasgos de autenticidad que ha dejado una sociedad en su arte y literatura? El mundo era así antes, yo no creo que tenga sentido andar edulcorando el pasado para que nos suene mejor. Pero es que además, siguiendo con el ejemplo, si leemos con un poco de atención, hasta los argumentos que enarbolan algunos contra la obra se caen por sí solos. Si existe una heroína en toda la literatura, un personaje que demuestre que las mujeres no son un objeto, y que deje claro que una mujer puede ser tanto más astuta e inteligente que ningún hombre, ésa es sin duda Schehrezade, capaz de salvar a todas las mujeres del reino y erigirse reina gracias a su sabiduría y buen arte. Curioso hecho dentro de una obra tan abiertamente machista. Puede, y sólo puede, ser que realmente los machistas sean los personajes y no la obra como tal.

Dadme otro cuento. De esos que la ex-ministra Aído aseguraba que eran un mal ejemplo para las niñas de hoy en día, porque las hacían soñar con ser princesas y que un príncipe azul viniera para que ambos comieran perdices en lugar de hacerlas soñar con ser mandamases de alguna empresa. Según ella ya debía de ser el momento de reescribir otra vez los cuentos (por si no los habíamos destrozado ya lo suficiente) para asegurarnos de que ninguna mujer sueñe con ser madre o ama de casa. Me parece perfecto que a las niñas se las motive para que sean piloto, bombero, médico o lo que quieran ser, pero mi buena señora si a la chica le gusta leer que al final el príncipe besa a Blancanieves y se la lleva al castillo no creo que eso vaya a impiderle tener una satisfactoria vida laboral el día de mañana. Y si tantísimo le duele que una mujer sea rescatada a manos de un hombre que por ello se ha de condenar a todos los cuentos del folklore popular tendré que partir una lanza a favor de aquellas ocasiones dónde se daban la vuelta las tornas, momentos en los que Gretel era quien quemaba a la bruja y salvaba a Hansel, o cuando Rapunzel encontraba a su príncipe tras mucho vagar por el bosque y le devolvía la vista que aquella bruja de la que había tratado de rescatarla le había robado. Esos son sólo dos, pero hay ejemplos a patadas. Claro, que el problema no está en quién es el héroe, sino en que parece que seguimos empeñados en buscar una lección a un cuento, cuando principalmente son un entretenimiento, una distracción y, tal vez, un pedacito de cruda realidad aderezado con cierta fantasía y encantamiento para que sea más fácil de digerir.

Pero, sobre todo, el problema está en que no leemos en contexto.

 

Ni leemos, ni pensamos en contexto, que ahí es de donde comienza todo realmente. ¡Qué horror! ¡Qué tropelías en la Conquista de América! ¡O durante las expansión del imperio Romano! ¡O en las Cruzadas! ¡O…!

No vivimos aquella época y es muy difícil ponerse en la situación moral y social de cualquiera que viviese siglos (incluso milenios) atrás. Las ideas y leyes éticas han variado tanto durante la historia del hombre que no podemos extrapolar nuestra moralidad y nuestra corrección política, tan poco útil y absurda, a lo que sucediera en aquellos tiempos. Y la literatura de aquellos hombres y mujeres es testigo de lo que fueron sus tiempos. Sociedades que poseían esclavos, hacían la guerra por religión o por conquistar lo inconquistable, que eran pedófilos, adúlteros o practicaban el incesto como cosa habitual. Somos sus hijos. Y nos han dejado un legado escrito, u oral, que deberíamos atesorar y aprender a valorar, no destrozar imponiéndole una serie de valores que el día de mañana también serán juzgados con otros ojos, y que, muy posiblemente, no pasarán el juicio de nuestros hijos y nietos, porque dentro de tres, cuatro o cinco siglos tal vez nuestra moral sea vista como demasiado laxa, o demasiado rígida, y nosotros vistos como gente horrible y pecaminosa. Y ahí estará lo que hayamos escrito, lo que hayamos querido dejar a la humanidad y os puedo asegurar que nos sentará muy mal allá donde estemos que venga alguien y eche abajo lo que contruimos, con palabras, pinceles o piedras, y diga: “Esta abominación no se ajusta a nuestra moral perfecta deberíamos rehacerlo para olvidar que toda esta gente vivió de tan horrible manera”. Porque si maquillamos la literatura, y con ella la realidad que refleja, maquillamos en cierta forma la historia. Y al menos a mí, de pequeño me dijeron que sólo había una cosa más fea que algo que suene mal o que una palabrota, y es una mentira. Por ello siento que si nos dedicamos a reescribir lo que otros siglos nos dejaron no haremos más que mentir sobre lo que aquellos tiempos y aquellos hombres fueron.

Es tan sencillo como leer, no juzgar, y tal vez entonces sí podamos aprender algo de ellos y de lo que quisieron legarnos. Muy probablemente su intención no fuera enseñarnos nada, sino entretener a sus propios coetáneos, pero al menos leámoslos no como quien mira un puñado de hojas sino como quien echa un vistazo al pasado.

Matando la Cultura

Cualquiera que viva en este país y no haya estado escondido en un búnker a prueba de cualquier contacto exterior ya sabrá que la Ley Sinde ha sido rechazado por las cortes. Ahora es el momento de las celebraciones / las quejas generalizadas (a escoger según si uno se ha situado en un bando u otro). Sólo hay una cosa en la que tanto detractores  como partidarios de dicha ley están de acuerdo: Se está matando la cultura. ¿Quién? Los del otro bando por supuesto.

 

Lo que sí es seguro es que en España hemos llegado a una situaión cultural cuanto menos esperpéntica, y que probablemente vista desde  fuera resulte de lo más ridícula.

La ley recién rechazada (y para la que la ministra ya prepara una sustituta que seguramente no se alejará de los términos propuestos por ésta) daba un instrumento de censura al partido en el poder. El gobierno aseguraba  que no se dedicaría a cerrar webs que no tuviesen que ver con la piratería, pero quien elimina la tentación elimina el pecado. El proporcionar a un gobierno una función que debe pertenecer en exclusiva a los jueces es algo que no debería hacerse, bastante mezclados andan ya los tres poderes en España como para remezclarlos aún más.

Pero la Ley Sinde no es algo que resultase sorprendente si se echa un vistazo a la concatenación de hechos previa a que se tratase de colar adosada a todo un paquete mayor de leyes.

En primer lugar tenemos una  sociedad privada que se ha autoerigido adalid de los derechos de autor, y que nadie se atreva a decir lo contrario o en pensar en defender sus derechos fuera de ella. La SGAE ya ha demostrado una y otra vez como se puede retorcer la ley a placer, cobrando (o al menos intentándolo) por obras de autores que no están afiliados a ella (cualquier cantante o escritor extranjero) o incluso por obras libres de derecho (y que si no se lo digan a los habitantes de Fuenteovejuna o de Zalamea, o a los chicos que tuvieron que desistir, y no representar a Shakespeare). Lo que puede resultar más llamativo a primera instancia es el hecho de que algo así lo gestione una sociedad privada, pero si atendemos a su forma de llevar a cabo su labor, en la que ha llegado a presionar al gobierno hasta conseguir imponer un canon de más que dudosa legalidad (algo de lo que ya nos han avisado desde Europa) la cosa resulta aún más preocupante. El canon que se nos cobra una y otra vez por comprar cualquier artículo informático o cultural atenta contra la presunción de inocencia del consumidor y acerca la cultura cada vez más a los artículos de lujo. Sin duda un importante ladrillo en el castillo sobreprotector que con la excusa de los derechos de autor se está erigiendo sobre la cultura. Pero sin duda ni el más sangrante, ni el primero.

 

La Ley Sinde proponía una herramienta de censura (con la que podrían haber acallado todas las voces de internet que están en contra de estos movimientos), la SGAE gestiona los derechos de autor de una forma, cuanto menos, cuestionable por muchos, y luego tenemos el tema de las subvenciones.

 

Las subvenciones al cine español siempre han sido de lo más discutido del panorama de este país en el que parece que todos siempre tenemos ganas de discutir hasta por la cosa más nimia. No voy a poner en duda que el cine en una parte importante de la cultura de un país, pero también tenemos que ser serios y aceptar que muchas de las películas subvencionadas no suelen cumplir unos mínimos estándares de calidad o de competitividad. ¿No habría que plantearse algún sistema con el que distribuir de otra forma esas subvenciones para que no terminen en su mayoría en saco roto y reporten un beneficio que puedan reinvertir en poder valerse por sí mismos los cineastas que las reciben de forma que puedan ir dejando paso a nuevos valores? ¿No habría que pensar en inventir también en nuevos creadores de otras artes del panorama cultural? Promocionar el castellano con nuevos Institutos Cervantes o dar dinero a los fantásticos museos españoles es algo de indudable valor, pero sinceramente no sé si algún escritor tiene ayudas gubernamentales de algún tipo para sacar adelante su obra y poder tratar vivir de ello. Sé que pintores y escultores sí reciben ayuda, pero no sé hasta que punto éstas permiten desenvolverse en esta sociedad sin tener que ir mendigando. Ójala alguien pueda decirme que las subvenciones a cualquiera de estos otros creadores son suficientes y les ayudan realmente a subsistir y a poder desarrollar en condiciones el proceso creativo.

El problema de las subvenciones del cine (y que conste que no estoy en contra de que se subvenciones sino, tal vez, con la forma en que son repartidas) está en la comparativa con cualquier otro tipo de subvención. A cualquier persona que reciba del gobierno o de una institución privada dinero debe producir unos resultados que reporten una ganancia (la cual en este caso debería al menos recuperar en taquilla el dinero invertido). Esto no se cumple en muchos casos. Sí, estamos hablando de cultura y por tanto hay que medir en otros parámetros, pero ¿hasta qué punto es esto justo?

Todo esto se agrava cuando nos adentramos en el terreno actual de las televisiones. Ahora la televisión pública no se sustenta con los anuncios, tienen que sostenarla las cadenas privadas (¿dónde se habrá visto a alguien pagando a la competencia para que no se hunda?), cadenas privadas que además tienen que dar parte de su presupuesto por ley al cine nacional. Me gustaría a mí saber qué porcentaje de beneficios terminarán teniendo estas cadenas si esto sigue así. Y me pregunto incluso si esta reducción (por decreto) de sus ingresos no tendrá una repercusión patente en la lucha encarnizada por el liderato que lleva al horror de la progamación actual en el que sólo se busca el más evidente y chabacano morbo para llamar la atención del espectador a costa de cualquier patrón de decencia, moral o buen gusto posible.

Y de ahí podríamos saltar al asunto de las subvenciones a investigación y ciencia, pero no tengo datos concretos (se agradecen si alguien puede proprocionarlos) y no quiero alejarme demasiado del tema central.

 

Lo último en todo este preocupante panorama es la privatización del ISBN, en breve pasará a estar gestionado por la Federación de Gremios de Editores de España. Seamos justos, en otros países el ISBN siempre ha estado gestionado de forma privada, pero vamos a pasar de un servicio gratuito a uno de pago. Y ya se comenta que cada formato deberá tener su propio ISBN y habrá que reservar números por paquetes de diez. Así si alguien quiere publicar un único libro debería comprar diez números de los cuales nueve no le servirían de nada. O si se quiere editar además en formato electrónico habría que pagar un número por el libro físico y otro por cada formato digital. Para las grandes editoriales el cambio no supondrá un gran problema. En todo caso un mínimo incremento en el producto final que podrían solventar los escasísimos céntimos que equivaldría cada número por ejemplar vendido. Pero esto puede ser un duro golpe para las editoriales pequeñas, y desde luego una puñalada casi mortal para la autoedición.

Ya hay quien dice que todo esto es una jugada del gremio editorial para salvaguardarse las espaldas de forma que la autoedición continúe siendo un gueto, lo más reducido posible. Una jugada parecida a la que según muchos habría hecho ya el mismo gremio con el libro digital, creando plataformas de venta de este formato donde resulta casi imposible adquirir los escasísimos títulos disponibles. No soy usuario de este formato así que no entraré en el tema, pero aún no he oído a un sólo lector que haga uso de él que esté conforme con los sistemas de distribución oficiales.

 

Y éste es el preoupante y esperpéntico panorama de la cultura española actual. En ella se nos priva de una presunción de inocencia de forma reiterada, se trata de proporcionar instrumentos de censura a un gobierno que subvenciona ciertas areas culturales de forma cuestionable, una sociedad privada gestiona los derechos de autor de afiliados y no afiliados y se tiende a privatizar los escasos servicios públicos que quedaban para (presuntamente) acabar con los nuevos valores que podrían hacer peligrar un status quo que favorece al empresario, pero no al creador.

Mal asunto todo éste. Sólo me queda por decir que es verdad que estamos matando la cultura. Es una pena no saber a quién poder culpar de que encima vaya ella y se nos muera.